El Barrio Roto

Por Eliana Morales
Raphael Salazar (2018) - Fotografía
Raphael Salazar (2018) - Fotografía
El 20 de diciembre de 1989 reventaron El Chorrillo. Los vecinos dicen que ese día el barrio murió: incrementó la pobreza, el desempleo, las pandillas y los estigmas. Una historia de decadencia y olvido

1.

Son las 8 de la mañana de un lunes cualquiera y en Calle 13 el aire es un hervor cargado de fritanga, café y mar. El chino de la tienda recibe a sus clientes mañaneros. Un gallo canta. Vecinas de caderas anchas, torsos erguidos y trenzas en el pelo, apresuran sus pasos como queriendo abrazar el día.

Es noviembre y en el barrio, a la patria se le quiere con banderas. Las hay chiquitas y cuadradas en los postes de luz que bordean con paso enano los niños cargando mochilas hacia la escuela. Las hay grandes y verticales colgando en los balcones de esos caserones de madera que parecen siempre a punto de caerse. Las hay amarradas a las ramas de un árbol de una esquina, donde tres mujeres con rulos, suéteres escotados y zapatillas a la moda, hablan con dos hombres a los que se le empieza a notar el lastre de los años, sobre el 1532, el número que jugó la lotería en el primer premio el domingo anterior. Ignorado por todos, en la acera, un perro blanco, viejo y flaco se rasca con afán.

A esta hora, El Chorrillo no parece la zona de guerra que muchas veces muestran en la televisión. Tampoco ese lugar cargado de estigma al que la mayoría de los panameños no se atreverían a entrar. No hay pandilleros, ni muchachos armados, ni correderas. Hay, sí, aguas podridas que forman charcos en medio de la calle, huecos en las aceras, edificios cundidos de microapartamentos sombríos, con paredes sucias y malolientes. Moscas revoloteando en la basura que el camión no alcanzó a llevarse. Todas las postales de un barrio roto.

Desde el momento mismo de su nacimiento, en el interior de El Chorrillo hubo efervescencia de pasiones y mezclas. El mito cuenta —como cuentan los mitos, con contradicciones y coincidencias— que en sus bares nacieron nuevas ideas y estilos musicales. Vecino del Pacífico y del cerro Ancón, hoy El Chorrillo tiene una ubicación privilegiada —está a pocos pasos del boom inmobiliario en que se transformó al casco antiguo— y una soledad de ruinas —vecinos sentenciados a vivir en espacios de 45 metros cuadrados y a cerrar las calles para cuestiones tan básicas como que llegue el agua potable o que se vayan las aguas negras—. El 20 de diciembre de 1989 las bombas, la furia y el fuego sumergieron al barrio en una ebullición sinfín de dolores, olvidos y violencias.

 Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army
Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army

2.

El Chorrillo murió la noche de la invasión, dice Yadira. Morena y bajita, de 70 años y risa ligera, un mañana de octubre Yadira desparrama sus varios kilos en un sofá con dibujos de palmeras, en medio de su minúsculo apartamento del último piso de un edificio en el corazón del barrio. Desde allí cuenta su historia. Lo repite una y otra vez, con esa determinación que da la experiencia: El Chorrillo murió con la invasión.

Yadira perdió a muchos amigos esa noche. A Miguelito, a Padilla, a Ratón. Gente entrañable de la comunidad, que tenía un trabajo, una familia que mantener y sueños que cumplir.

Ella empezó a morir antes. Ese mismo año, asesinaron a su hijo mayor en una trifulca. Tres meses después, las bombas que lanzó el ejército de Estados Unidos sobre El Chorrillo pulverizaron la casa de madera donde vivía. No le quedó nada. Ni la cama donde dormía, ni los muebles que pagaba a cuotas, ni la estufa, ni el televisor, ni su ropa. “Corre con los pelaos que se están metiendo los gringos”, le avisó su mamá desde la calle. Eran pasadas las 11:30 de la noche del 19 de diciembre, y Yadira dormitaba en el jorón del caserón donde vivía. Metió sus documentos en una cartera, guardó la foto de su hijo muerto, agarró a los niños, salió, y corrió. El apocalipsis estaba ahí. El ruido de los helicópteros amenazaba con explotar los oídos. El cielo era una gran bola de fuego y humo. En la calle, todo era gritos y llantos y gente que corría sin saber para donde. Alguien dijo que había que ir a la iglesia de Fátima, y allá llegó. Apenas cruzaron la puerta, más bombas. Bum, bum, bum.

La mañana del 20 de diciembre cuando ella salió a la calle, esquivaba cadáveres para poder caminar. Cuerpos echando humo, achicharrados, pulverizados. Muertos sin Dios ni ley.

A partir de ese día, dice Yadira, ella y otras 15 mil personas del barrio que se quedaron sin nada, empezaron un largo peregrinaje para sostener sus vidas. Dice que la instalaron en un lugar por Balboa. No se acuerda del nombre, no lo quiere recordar. Le da igual. Estuvo allí varios días alimentándose con comida “de esa que comen los gringos cuando van a las guerras”. Allí escuchaba las historias de los saqueaban supermercados, mueblerías, almacenes de ropa, farmacias. “El saqueo fue algo tremendo. Mucha gente se arregló pa tener aunque sea algo, lo que sea con que empezar. Yo no vi nada. No nos dejaban salir. Éramos refugiados”.

El apocalipsis estaba ahí. El cielo era una gran bola de fuego y humo. En la calle, todo era gritos y llantos.

Del campamento de Balboa, fue a una escuela. De allí quedó arrimada en casa de unos familiares en Arraiján. Como solución final, después de muchos ires y venires, el nuevo gobierno de la democracia le entregó seis mil quinientos dólares para una casa. Era lo mismo que empezar de cero. Como todos.

Pobres entre pobres, el bombardeo terminó por delinear los contornos de un barrio en la miseria. Volver a casa, continuar la vida, levantar los escombros era un imposible. Sin estado, sin reparación ni duelo, los vecinos se armaron con lo que pudieron.

 Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army
Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army

3.

Antes de La Invasión, El Chorrillo estaba segmentado en dos partes: las casas donde vivía la población, levantadas casi al mismo tiempo que el Canal, y los edificios de las Fuerzas de Defensa, el ejército local que se hizo con el poder en 1968. Uno de ellos era el Cuartel Central, el lugar desde donde Manuel Antonio Noriega observaba los movimientos de una región en guerra y comandaba con mano dura los destinos del país. El 20 de diciembre de 1989, el Cuartel fue el principal objetivo gringo.

En el número de septiembre de 1990 de la revista de revista Panameña de Sociología, la arquitecta Magela Cabrera Arias escribe que el ataque estadounidense, dirigido en los papeles a los edificios militares, afectó a muchos de los pescadores, agricultores, artesanos, lavanderas y pequeños comerciantes chinos que vivían allí desde finales del siglo XIX: 2.739 familias repartidas en edificios, multifamiliares, viviendas comunitarias. Hay quienes dicen que fueron más: 3.993, cerca de 5.000. Las imágenes aéreas que los propios gringos grabaron muestran un barrio vuelto desechos. El Mercado Periférico vuelto polvo, el centro de detención juvenil “Tutelar de Menores”, también; una escuela y dos estaciones de buses, reventadas. Para atrapar a Noriega, a los gringos no les importó arrasar con casas con niños, ancianos, madres, con negocios.

“Atacaron directamente bienes que no respondían a objetivos militares y no representaban ventajas concretas”, dice un documento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Para atrapar a Noriega, a los gringos no les importó arrasar con casas con niños, ancianos, madres, con negocios.

En unas cuantas horas, unas 15 mil personas en El Chorrillo vieron arder su barrio y morir a sus amigos. Quedaron en la calle y a punto de la mendicidad. Los negocios cerraron porque nadie tenía un centavo para comprar. El gobierno de la época, liderado por la tripleta Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Billy Ford, mercadeó lo que sería un ambicioso plan para reconstruirlo. Prometió que lo pondría en pie en ocho meses. Empezarían en febrero de 1990. Para amortiguar los problemas de vivienda se habló de dos opciones: la primera daba la posibilidad de comprar apartamentos que construirían empresarios locales. El más barato tendría 30 metros cuadrados y costaría alrededor de 5 mil dólares. El más caro mediría 35 metros y costaría 15 mil.

Raphael Salazar (2018) - Fotografía
Raphael Salazar (2018) - Fotografía

Construyeron edificios que parecen jaulas. Pequeños, oscuros, con deficiencias estructurales que hacen que se conviertan en un colador en los días de lluvia, y en un asador en los días de sol. En el barrio cuentan que no hubo acompañamiento social para las víctimas y eso tuvo sus consecuencias. La violencia se metió entre las calles destruidas: una buena parte de los niños de La Invasión, sin contención, escuelas ni reconstrucción, terminaron buscando el pan a punta de pistola o droga. Aunque antes del 20 de diciembre de 1989 El Chorrillo tenía conflictos sociales, la intervención militar le dio vida al hampa, y forjó esa identidad de barrio rojo.

Aparte de esas colmenas desahuciadas que nombraron apartamentos, el gobierno de Endara levantó el parque Amelia Denis de Icaza, justo donde estaba el Cuartel Central. No dista mucho en apariencia: piscina sin techo, sin árboles ni espacio para echarse al suelo. Los presidentes que le siguieron a Endara fueron más de lo mismo.

Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso y Martín Torrijos, invirtieron fondos en clausurar barracas, remozar edificios y emparchar el sistema alcantarillado. El gobierno de Ricardo Martinelli, le dibujó los alrededores pero no penetró en su piel: con la construcción de la cinta costera tres, remodeló el estadio Maracaná y construyó la plaza de comidas Sabores de El Chorrillo, a donde trasladaron sus fondas algunos de los habitantes del barrio. Lo usual: un montoncito de cemento para inaugurar obras y recolectar votos; jamón y pan de rosca para navidad.

La gestión de Juan Carlos Varela hace poco entregó Villa Olga, en el sector de Barraza: cinco torres de apartamentos, con paredes inmaculadas, balcones con rejas de hierro, puertas francesas y lámparas colgando de los techos, se erigen como un ave fénix en medio del caos.

Los chicos del barrio de vez en cuando encuentran trabajo en algunas de las obras coyunturales, y a veces los políticos ensayan rimbombantes estrategias de “resocialización” para estar a tono con los organismos internacionales. Les cambian armas por comida, o les dan 50 dólares a cambio de que mantengan el “barrio seguro”.

Esa mirada que el poder ha hecho del dolor y la pobreza, terminó de delinear los contornos de un barrio que no solo no ha podido recuperarse de sus heridas, si no que las ha profundizado. Pobres negociando sus céntimos.

 Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army
Fotografía Del Servicio Público De U.S. Army

4.

Son las 2 de la tarde de un martes de octubre y la leyenda viva del barrio, con la voz bajita y de grandes pausas, recostado en la cama de su casa en calle 27, dice:

—Los gringos llegaron y lo tumbaron todo. El barrio cambió para siempre.

El hombre con los achaques de 87 años bien vividos se llama Pedro Rodríguez, pero aquí todos lo conocen como Sorolo: el famoso cocinero que logró salir en canales internacionales con su pescado frito en la esquina de su Fonda Doña Juana.

—Antes de que los gringos llegaran aquí todos éramos amigos—dice con cierto de nostalgia —. Se hacían night and fun, una rumba con un solo foco, y por eso bastantes niños nacieron de allí.

A El Chorrillo, dicen, llegaban intelectuales y artistas. Las pistas se encendían con Cortijo y el Gran Combo. En los bares se mezclaban los gringos con los antillanos y el jazz era sonido de fondo cotidiano.

—Muchos jamaicanos vivían acá, y todos estábamos mezclados. Yo aprendí a hablar inglés en el barrio.

La casa que un día alojó a su fonda, ahora está vacía y polvorienta, pero sus paredes aún sostienen sus fotos con políticos, altares de santos y los retratos de su gran amigo Ismael Rivera. Un día de 1969, Rivera llegó a Panamá para exponer ese estilo tan suyo que en el mundo se conoce como “soneo”. Cuando terminó ese show, Sorolo fue a saludarlo. No sabemos qué vio Rivera en ese hombre que cocinaba pescado frito en El Chorrillo, pero se hicieron amigos para siempre y compartieron la devoción por las salidas, las mujeres y el Cristo Negro.

Rivera avivó el aura de barrio bohemio que rodeaba a El Chorrillo entonces, y hasta lo convirtió en canción.

5.

En el barrio la vida es de brevedades. De oportunidades, de rebuscas y de esperas. Lo puede decir Héctor: 50 años, piel morena, y corte de pelo al estilo militar. Creció en El Chorrillo, fundó un movimiento para ayudar a niños y jóvenes en riesgo social. Ha visto su cara después del 20 de diciembre de 1989, y ha sido testigo de sus desafíos y sus tragedias.

Una mañana de noviembre, camina por la zona enfundado en una camisa blanca polo Ralph Laurent y jeans a la moda, saludando aquí y allá.

Un adolescente se acerca, y Héctor, que ahora es un abogado que quiere ser diputado de la Asamblea Nacional, lo saluda con afecto:

—Qué pasó sobri. Chucha. Estás creciendo papa. ¿todo bien? —Tengo que hablar un temita con usted, oyó—contesta el muchacho. Héctor dice que ahorita, que va a estar dando vueltas por el barrio. En esas vueltas, eso ocurrirá con puntualidad.

—¡Mi diputado!—grita desde la otra calle una morena de caderas anchas.

Alguien más se acerca para preguntarle si cambió su número de celular. Otras le piden que las invite a hojaldras y café. Entonces él para en el portal de una casa amarilla donde una veinteañera en shorts y con redecilla en el pelo, amasa una bola y pa la candela, a una olla grande con aceite caliente. Héctor llega a un trato con la dueña del puesto de fritanga y hay desayuno para todas. El recorrido sigue. La mirada que el poder ha hecho del dolor y la pobreza, terminó de delinear los contornos de un barrio roto

—Aquí había una casa de madera... La iglesia del pastor Boris.

Isabel de Obaldia / Cuartel (1989) - Fotografía
Isabel de Obaldia Cuartel (1989) - Fotografía

Eso también pasará en el recorrido: una casa de alguien que ya no está, un negocio que ahora parece una habitación fantasma, alguna otra cosa que La Invasión no devolvió nunca a su lugar.

—Nos echaron, ese mismo día nos largaron del barrio después de incendiarnos. Pasó un carro de la armada de Estados Unidos diciendo que desalojáramos, decía: se les informa a todos que deben ir saliendo del área.

Héctor da varios pasos y más gente se le acerca. Le hablan al oído. Le entregan un papel. Es un político en una comunidad donde cada navidad hacen largas filas por un jamón de regalo, un pavo o una caja de galletas. Donde una buena parte de sus 19 mil habitantes son pobres, y no tienen empleo. Donde la mayoría debe transportarse en taxis piratas, porque los pocos buses que pasan por la zona aparecen cuando ya nadie los espera.

6.

La mañana de octubre avanzó y ahora el sol amenaza con derretirlo todo, y el letargo del mediodía impone una pausa. La conversación también se agota y Yadira se levanta del sofá con dibujos de palmeras. Camina hacia la puerta de su diminuto apartamento para despedirme.

—La plata que dieron los gringos para levantar el barrio se la cogieron los políticos y nosotros seguimos sufriendo. Este es un barrio mártir.

Yadira dice que te vaya bien, anota mi número de teléfono, no dejes de avisarme cuando salga la historia y cierra la puerta detrás de mí.

La calle es la misma de siempre. La de los huecos, la de los balcones que caen en pedazos, la de aguas negras con olor insoportable. La cara de un barrio roto.

Raphael Salazar (2018) - Fotografía
Raphael Salazar (2018) - Fotografía
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