Juegos de Guerra para la Navidad

Por Daniel Molina
Manuel - Manuel Sacramento
Manuel Sacramento(Chingui) / 20 de diciembre (2016) - Pintura sobre madera
Surany perdió un ojo a los seis años cuando EE.UU invadió Colón. A sus ocho, Abraham se abrió la pierna escapando del bombardeo en El Chorrillo. ¿Puede un niño escapar del infierno?

Después de cinco años trabajando en el mismo lugar, Surany está lista para confesar que tiene una discapacidad. Ninguno de sus colegas se había percatado que su ojo izquierdo es en realidad una prótesis. Quizá barajaban teorías sobre la causa, o se entregaban a la ambigüedad de un bochinche que muere a las cinco de la tarde. Pero el silencio de Surany no era casual. Reconocerse como una afectada de La Invasión de Estados Unidos a Panamá la llenaba de vergüenza. Le aterraba evocar el misil que le quitó parte de la vista a los seis años. Para ella, La Invasión de 1989 era el muerto que no quería mirar por temor a que se moviera. Recordar era abrir una herida que nunca terminó de cicatrizar. Por eso ni ella ni sus compañeros en Colón han tocado el tema. Cuando remover el pasado se torna agrio, el silencio gobierna para que nadie pierda la cordura. Lo único que la hizo cambiar de parecer fue una amenaza de despido. Para blindar su puesto, Surany tuvo que desarmarse del todo: enfrentar un silencio de 29 años y presentar en recursos humanos su certificado de discapacidad visual.

Surany descubrió el horror el 22 de diciembre de 1989, cuando La Invasión desgració a Colón. Como no había qué comer en casa, su mamá salió para traerle almuerzo a ella y a sus hermanos, Teíto, de cuatro años; Johnny, de dos, e Isaac, el recién nacido. Eran las cuatro de la tarde y afuera las calles eran las de una ciudad bajo amenaza de muerte: el ejército gringo había bombardeado una base naval y una escuela militar y, pese al toque de queda, la gente, las armas y el fuego no cesaban.

Cuando su mamá regresó al edificio conocido como Salty, en la calle quinta con la avenida Bolívar, subió al apartamento 4050 y se sentó a la mesa con los chicos para contarles el caos que había fuera: un aire cargado de humo, helicópteros cortando el cielo como avispas rabiosas, gringos pateando puertas de casas buscando a los militares panameños. Esa semana, en la orilla atlántica del Canal, los atardeceres de una ciudad caribeña musical y fiestera, eran imposibles.

Lo que sucedería de inmediato metería la guerra en la cotidianidad o la cotidianidad en la guerra. El papá de Surany trajo una chicha de maíz para cada uno, pero, como olvidó servirle a su esposa, ella fue a preparársela justo cuando varias explosiones en el edificio vecino sacudieron las ventanas del Salty. Isaac, el recién nacido, descansaba en el coche de bebé en la sala. La madre se volteó a preguntar si habían oído los estallidos, pero no alcanzó a decir mucho cuando de pronto un misil Hellfire atravesó el comedor de su apartamento explotando en múltiples fragmentos a la velocidad de un disparo de ametralladora. Una de las esquirlas se le incrustó en el ojo a Surany arrojándola al piso. Los segundos después del misil fueron de humo y silencio. Surany los recuerda eternos: Teíto, inconsciente con esquirlas en la cabeza, pierna y brazo; Johnny, con una herida en el vientre; Isaac, aún con los ojos abiertos, petrificado. Todos preguntaron si seguía vivo.

—¡Mama! ¡¿Pero quién nos hizo esto?! —gritó Surany.

La Invasión de Estados Unidos estremecía Colón.

El misil que atravesó su sala había sido disparado desde un Apache, el principal helicóptero de ataque del Ejército estadounidense. Ese mismo modelo serviría ocho meses después en la guerra del Golfo; en la de Kosovo, en 1998; en la de Afganistán, en 2001; y la de Irak, en 2003. Ahora es una de las aeronaves que utiliza Israel para ataques en Líbano y la Franja de Gaza, pero la primera vez que entró en acción fue en Panamá, el año que Surany perdió el ojo izquierdo producto de una esquirla.

Municiones no detonadas (2014) - Sebastián Icaza
Sebastián Icaza / Municiones no detonadas - Project Plowshare (2014) - Madera y pintura con polvos metálicos

El impacto derrumbó el techo sobre la mesa. Se perdió la llave de la entrada. La familia quedó atrapada unos minutos en el tercer piso mientras los vecinos escapaban desesperados. Tres calles más arriba, unos soldados incendiarían la casa de una señora embarazada. En el cielo, las luces de otros proyectiles aumentaban el pánico del barrio. El papá de Surany cargó con los cuatro niños pero la mamá se quedó. Tenía una pierna llena de perforaciones por la bomba.

Las calles eran las de una ciudad bajo amenaza de muerte: el ejército gringo había bombardeado una base naval y una escuela militar.

Caminaron 17 calles esquivando camiones de bomberos que avanzaban como rayos en dirección al fuego. Atravesaron cadáveres tendidos y vivos que parecían muertos. El horror había dado lugar a la desesperación y en esa angustia asomó lo peor, empezaron los saqueos. Varios colonenses corrían con costales de arroz, lavadoras y televisores. Algunos guardias de seguridad en la zona franca esperaban lo peor conforme se iban agotando sus municiones.

El edificio de la Cruz Roja estaba cerrado, así que debían buscar ayuda en otro lado. En 20 minutos el papá y los chicos llegaron al Hospital Regional Manuel Amador Guerrero, a dos calles de la Bahía Manzanillo de Colón, nada más para encontrarlo abarrotado de gente que exigía atención para sus familiares. Para sus hijos. Surany tenía un pedazo de misil en el ojo, Teíto un coágulo en la cabeza. Afuera del hospital un tumulto vigilaba los camiones para repartir leche. En poco tiempo, servirían como depósitos temporales de cadáveres porque la morgue estaba saturada.

Su papá consiguió un transporte y se fueron hasta el hospital militar de Coco Solo, a unos quince minutos del Manuel Amador, una zona ocupada por estadounidenses, pero donde los civiles heridos recibían asistencia. El paisaje por el trayecto era el mismo: columnas de humo y edificios en ruinas, familias durmiendo en parques, fuego en las esquinas.

En Coco Solo revisaron a Johnny y a Isaac; estaban estables. A y a Teíto los transportaron en helicóptero hasta la capital porque las heridas eran graves. Los llevaron al Gorgas, otro hospital ubicado en la Zona del Canal y al que también acudían civiles desarmados en busca de auxilio. Allí un par de soldados le respondieron al papá que no había suficientes médicos, así que terminó con sus hijos en el Hospital del Niño, sobre la bahía de la capital, muy cerca de la foto postal que hoy Panamá vende.

A Teíto le sacaron las esquirlas del cuerpo, salvo una que los médicos no movieron del cráneo porque podían dejarlo peor. Cayó en coma. Su padre dormía debajo de la cama para estar alerta a cualquier ruido. Por los ventanales que daban a los pasillos, aparecían cada tanto algunos de los 27,000 soldados que integraron las tropas invasoras. El olor a alcohol y desinfectante impregnaba la habitación plagada de camillas con niños heridos. El 40 por ciento de los aproximadamente 16,000 heridos durante La Invasión en Panamá, como Surany y Teíto, eran menores de 14 años. En la cama de al lado descansaba Abraham, un niño flaco, mestizo y orejudo, de cabello ensortijado. Tenía la rodilla infectada por una herida que se abrió con un vidrio mientras huía con su mamá de El Chorrillo, el primer barrio que los gringos convirtieron en infierno. A solo unos días de haber visto con desesperación el cielo al rojo vivo, Abraham permanecía inmóvil y adolorido, como casi todos en ese hospital. A pesar de sus ocho años, le angustiaba lo incierto del mañana: si le drenaban el coágulo que tenía en la pierna, se acabaría su aspiración de ser futbolista.

La Invasión de Estados Unidos a Panamá comenzó la madrugada del 20 de diciembre de 1989 para atrapar a Manuel Antonio Noriega y probar las máquinas nuevas. Dos aviones gigantes de armamento pesado descargaron misiles en el cuartel central de las Fuerzas de Defensa, incrustada en El Chorrillo, a tres calles de la casa de Abraham. La gente y los soldados gringos le cambiaron el nombre al barrio: la pequeña Hiroshima.

Los bombardeos continuaron por nueve puntos desde el Pacífico, adonde los gringos llegaban con aviones, helicópteros, paracaidistas, barcos, tanquetas y ametralladoras. En la costa Caribe el primer objetivo fue el Fuerte Espinar. A partir de entonces, los helicópteros sobrevolaban como abejas los puertos y se enfrascaban a tiros con militares, batalloneros y civiles en Colón. Así fue hasta el 24 de diciembre, cuando los norteamericanos tomaron control absoluto. Tenían a Panamá en la palma de la mano y cerraban con odio el puño la víspera de navidad.

Sin título (Isla Grande, 2002) - Gustavo Araujo
Manuel Sacramento(Chingui) / El Cuartel Nacional de Noriega (2016) - Pintura sobre madera

Es jueves 15 de marzo de 2018 y la mamá de Abraham repasa esos días de infierno. Él se toca la rodilla, dice que el aire acondicionado le causa dolor.

Abraham tiene 37 años. No llegó a ser el futbolista que soñaba porque su rodilla quedó frágil, lesionada de por vida. Dejó las canchas para convertirse en lavador de buses, carpintero, albañil, plomero y también pandillero y adicto a las drogas y luego, desde que salió de la cárcel hace cuatro años, un fiel cristiano. La dolencia física no es lo único que arrastra de La Invasión: su trauma es un rencor hacia la policía, porque dice que son controlados por los gringos.

Por estos días en los que trabajaba pintando una galera cerca de casa, salió a fumar por un barrio de clase media, el Carrasquilla. El hábito lo adquirió en El Chorrillo, el lugar que abandonó a los 17 años. Cuando empezó a caminar, dos policías que lo venían siguiendo desde hacía días lo detuvieron, lo esposaron y lo golpearon. Ahora le toca firmar cada quince días en un juzgado, como si el estigma de haber crecido con pandillas aún lo marcara.

Un poco lo marca, según su mamá. A veintisiete años desde La Invasión, ella se enteró de la Comisión 20 de diciembre. El gobierno panameño creó el proyecto en 2016 para elaborar un registro único de las víctimas y ella decidió narrarles su testimonio en video. Se convirtió en la primera y única afectada hasta entonces en autodeclararse una “víctima emocional” de La Invasión. Luego de contar su experiencia, lo primero que hicieron ella y Abraham fue preguntar por los tres niños de Colón: pasaron juntos Navidad, año nuevo y el 3 de enero del 90, cuando Manuel Antonio Noriega —el exhombre fuerte de la CIA— dejó de escudarse en la Nunciatura y se entregó a las tropas norteamericanas.

Abraham recuerda que el 19, un día antes de La Invasión, había salido a jugar pelota, como siempre. El Chorrillo Fútbol Club entrenaba a unas calles de la multifamiliar donde vivía. Como todo niño que crece en barrio pelotero, quería ser futbolista. Abraham dice que un día antes del bombardeo, llegó a casa, cenó y se fue a dormir. No habían pasado ni tres horas cuando una serie de estallidos rompió la madrugada. Las barracas que estaban al lado de la Cárcel Modelo fueron las primeras destruidas por misiles disparados desde helicópteros y aviones fantasma.

—Los días antes dormía con los zapatitos y la ropita de él y sus hermanos debajo de la cama, por si acaso —comenta su mamá. Esa semana de diciembre, en las calles del barrio hacía eco la frase “vienen los gringos”.

Abraham huyó con su madre y hermanos sorteando disparos. Un vecino les había conseguido un transporte hasta la Vía España, una arteria de la ciudad a unos siete minutos manejando. El chico seguía en shock. Le costaba entender lo que pasaba, y es imborrable la imagen que tiene de esa vía —hasta hoy un área comercial— siendo saqueada por miles de panameños, algunos armados y otros estrellando sus camionetas contra los almacenes para abrirlos. Abraham se cayó al piso y se abrió una herida en la rodilla con un vidrio, pero no le importaba nada. Había que llegar a casa de su tío, en Carrasquilla. Al tercer día de haberse refugiado, Abraham tenía un dolor tan fuerte en la pierna que no se pudo parar de la cama. Ni su madre ni su tío le creían. Una tarde no aguantó más y se orinó en la cama. En ese momento su madre se dio cuenta que lo del niño era serio y lo llevó al hospital donde conoció a Surany.

Cancha de fútbol (2009) - Priscila Monge
Priscila Monge / Cancha de fútbol (2009) - Instalación interactiva

Después de La Invasión, cada vez que el papá de Surany recordaba el misil de un metro sesenta rompiendo la pared de su apartamento para explotarle en la cara a él y a sus hijos, le echaba la culpa a su esposa. Su manera de enfrentar la depresión fue emborracharse y echarle la culpa a ella. Era su culpa que el helicóptero gringo les lanzara una bomba. Era su culpa por haber salido a buscar la lata de maíz con la que él hizo la última chicha que tomaron juntos. Era su culpa porque él le había prohibido salir del apartamento. Era su culpa que la carrocería Lada cerrara. Era su culpa que se quedara sin trabajo. Era su maldita culpa y le pegaba todas las noches por esa culpa, hasta que un día le partió una silla en la cabeza.

—La invasión me quitó a mi familia —dice la mamá de Surany.

Es la tarde del domingo 8 de abril. En los pasillos del mall Cuatro Altos la gente se multiplica.

—Antes de la invasión vivíamos bien —recuerda hoy Surany sin perder de vista a su hijo de un año, que juega con su abuela—. Yo siempre digo que a mí me tocó crecer rápido.

Cuando su papá golpeaba a su mamá, sus hermanos se largaban a llorar y le tocaba a ella ser la más fuerte por ser la mayor: tenía seis años. Los abrazaba para calmarlos. Cuando su mamá tuvo que dejar a su papá, hizo hasta lo imposible para meterla a ella y a “Teíto” a una escuela privada. Logró matricularlos en La Salle de Colón. En esos salones, aún en pie, Surany rompía en llanto cada vez que escuchaba pasar un helicóptero. Su mamá tenía que ir al colegio para calmar sus ataques de pánico. Con el tiempo logró superarlo, pero hasta hoy ese sonido duele. También tuvo que aguantar las burlas de sus compañeros de clase cuando le colocaron su primera prótesis ocular, que no estaba hecha a la medida.

Nada de eso truncó sus estudios. Surany fue cuadro de honor en la escuela. Estudió completa la carrera de ingeniería, pero aún no ha recogido el diploma porque siempre quiso estudiar Derecho, quizá una forma de encarar la injusticia que vivió su familia. Ahora es asesora legal. Admira la lucha de su madre: se separó de su padre y peleó por sus cuatro hijos sola, fue una de las afectadas que viajó hasta Washington para interponer en 1990 la denuncia contra Estados Unidos ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y se convirtió en una referente de la resistencia frente a la guerra. Pero Surany jamás ha querido que la relacionen con La Invasión ni que la traten de afectada. Algunos de sus conocidos se enteraron de que ella sufrió daños durante la operación militar cuando, en 2014, llegó al cine el documental Invasión de Abner Benaim, donde aparece su mamá.

"La Invasión me quitó a mi familia. Antes de eso vivíamos bien. Siempre digo que a mí me tocó crecer rápido"
Surany

A Teíto le afectó aún más la separación de sus padres. Su mamá le había conseguido la beca en La Salle pero después del divorcio se rebeló. El bullying que le hacían por la cicatriz que tenía en el lado derecho del cráneo tampoco ayudaba. En el barrio en el que vivían no era normal ser un niño físicamente afectado por La Invasión; llamaba demasiado la atención. No estudiaba pero su curso favorito era historia, aunque nunca les hablaron de La Invasión. La última intervención militar de Estados Unidos en América Latina no era parte de la currícula. Con el tiempo Teíto dejó de arrastrar la pierna derecha donde permanecían incrustados restos de misil y empezó a trabajar. Hoy está empleado en la Autoridad Marítima de Panamá y maneja un taxi.

—Todavía me fastidian cuando me ven —dice Teíto—. En la escuela me decían “herradura”, por la forma de la cicatriz.

En los años siguientes al ataque que recibió su casa, Teíto tenía pesadillas con helicópteros, misiles, disparos y soldados gigantes que lo perseguían. Hoy prefiere no hablar del tema. Las dos o tres veces que ha hecho memoria sobre La Invasión, incluyendo una reciente antes de esta entrevista en un mall de Colón, fue con Surany, pero ambos se sintieron incómodos. Preferían lanzar comentarios generales y de rechazo, evitar la palabra trauma y resistir desde el silencio.

Imagen fija de 'Angie contra el mundo' (2005) - Ana Luisa Sánchez
Ana Luisa Sánchez / Imagen fija de 'Angie contra el mundo' (2005) - Videojuego

A Abraham también le tocó crecer rápido. Salió de la escuela y empezó a lavar “diablos rojos”, los school buses gringos que reciben una segunda y extravagante vida en Panamá como transporte público. Cuando empezó a llenar su bolsillo con dinero, no quiso volver a clases. Su barrio, El Chorrillo, se transformó en una zona roja y lo perseguían las pandillas por caminar en una calle en la que no vivía, así que se mudó con sus abuelos a Mañanitas, hacia la periferia de la capital. Hubo otros niños de El Chorrillo que corrieron suertes similares. Sin sitio seguro, sin explicaciones posibles para entender la masacre, sin Estado recomponiendo las calles partidas, el refugio adquirió esas formas: una banda, la cárcel, un templo. Para las sociólogas Lina Muñoz y Milagros Huerta, la no comprensión de un hecho tan violento provoca en los niños desde inseguridad y agresividad hasta apatía. A veces puede ser peor.

Sin sitio seguro, sin explicaciones, sin Estado, el refugio adquirió esas formas: una banda, la cárcel, un templo.

La mamá de Abraham dice que vio a varios muchachos quedarse sin familia en El Chorrillo. El mismo año de La Invasión, la iglesia metodista declaró que habían atendido a unos 67 huérfanos. Usaban sedantes y otros medicamentos para aliviar las pesadillas, los ataques de ansiedad y los gritos de pánico. El cura metodista Conrado Sanjur también se quejó ante una organización de derechos humanos de que no había fondos para atender a los refugiados y que las drogas se habían vuelto más prevalentes. El propio Abraham tuvo que venderla para ayudar a su mamá con las cuentas. Su padre se había separado de ellos meses antes de la “Causa Justa”. De hecho, ese diciembre su papá había salido a buscarlo en una bicicleta que le iba a regalar por Navidad, pero un retén de soldados estadounidenses lo detuvo y se la quitaron porque pensaban que había saqueado un almacén.

—Ni Navidad me dejaron tener. Imagínate lo que es eso para un niño —dice Abraham. Por eso el momento más feliz que tuvo después de La Invasión fue en enero del 90, cuando por fin pudo abrir la caja con el esnórquel y las aletas que le había mandado su tía desde Estados Unidos.

Ahora, a los 37 años, cada vez que oye hablar de Estados Unidos alza la voz para dar su opinión. Cuando se divulgó una carta escrita por el expresidente Ricardo Martinelli en la que revelaba haber cooperado con el gobierno norteamericano poniendo los intereses gringos por encima de los panameños, Abraham confirmó una teoría que había conocido de cerca en la cárcel, donde estuvo cinco años: a menor soberanía, mayor inseguridad en el país.

—La gente no sabe que la gente de los Estados Unidos tiene una doble moral. Siempre ha influenciado en los gobiernos y nos mantienen así, en confusión. Y eso no es ahora, eso es desde la supuesta “Causa Justa”, que debería ser “Injusta”. Te debes imaginar esos bombazos cayendo y todo ese poco de niños que tenían mi edad viendo toda esa situación, bajo una cama, metidos. Yo la viví peor, en 3D como se dice.

Desde el 89, y al igual que la familia de Surany, el papá de Abraham los abandonó. Él no lo odia “porque la biblia dice ama a tu padre y a tu madre” y dice que a él le toca cumplir con la palabra, en la que cree desde que se quebró frente a un pastor evangélico cuando era presidiario. Al salir se reformó, pero no pudo recomponer su matrimonio. Las discusiones y su imposibilidad para encontrar un trabajo, lo separaron de la mamá de sus tres hijas y sus momentos más felices desde el 90.

—Yo antes era un delincuente. La gente no ve el cambio de uno, sino que solo se fijan en el dinero. Pero no puedo conseguir trabajo por mi récord policivo, mi problema con la rodilla y con la espalda —dice Abraham, quien aun así se encarama en galeras y edificios cuando lo llaman para algún camarón de albañilería o pintura.

No quiere echarles la culpa a los gringos, pero entiende que el principio de todo el daño, el sueño del fútbol zanjado, su refugio en las drogas y pandillas, la imposibilidad de que sus hijas lo vean como un padre de familia, está en La Invasión.

—Hace un rato mi viejo me escribió, me dijo ey, ven a buscar un balón de fútbol—dice Abraham. Sonríe, porque entiende que su papá llevó su propio duelo. Por eso recibe con gratitud una pelota que sabe que no podrá patear.

*

Surany viajó de Colón a Panamá para entregar su certificado de discapacidad. El departamento de recursos humanos aceptó su condición y le envió un documento a su jefa: Surany no debería trabajar tanto, necesita una ayudante.

Su despido dejó de ser una probabilidad. Pero en el trabajo nadie sospecha nada. Como si todo hubiese acontecido entre paréntesis. El silencio que rompió fue meramente institucional, un trámite en hojas de papel que apenas le susurran esa herida del pasado. Su mantra siempre será darle la vuelta a la página y saber que todo lo que tiene se lo ganó por su propio sacrificio. Nunca quiso que nadie piense que se aprovecha de su condición.

Después de que le aceptaron los documentos de La Invasión, pidió una licencia para trabajar en otro lugar, donde entró por concurso. Nada parece detenerla. Lo único que le preocupa ahora es la restitución de su prótesis, una intervención médica que ha aplazado por cinco años y empieza a causar estragos.

—Cuando nació mi hijito, el Señor me dio una razón para luchar y para vivir —dice, mientras observa a su hijo jugar con su abuela.

Su hijito nació 27 años después de la Operación Causa Justa. Ella, que se avergüenza de reconocerse como una afectada y todos estos años resistió una guerra injusta desde el silencio, está segura que a su hijo se lo va a contar.

Imágen fija de 'Memorias del Hijo del Viejo' (2002 - Enrique Castro Ríos
Enrique Castro Ríos / Imágen fija de 'Memorias del Hijo del Viejo' (2002) - Cortometraje
Top