Sola

Por Ana María Pinilla V.
Carlos Martínez Uliten - Fotografía (2002)
Carlos Martínez Uliten (2002) - Fotografía
Cuando me entierres recuerda que de mí una vez nació la tempestad del barrio y el grito de un cholo, que mis manos fueron tierra embarrada de ñame para hacer sopa en ollas comunes y que de mí surgió una sonrisa deshabitada en espera de estrellas, encantada del permanente llanto de mi madre. Cuando me entierres recuerda que tengo nombre.

Corina Rueda - Poetisa panameña

Argelia Paredes ya no llora. Siente que se burlaron de ella, dice, desde que sus hijos Ernesto y Eduardo fueron asesinados en La Invasión. Argelia Paredes dispara palabras como balas. Ya han pasado 29 años, dice. ¡Escriban y digan lo que se les dé la gana!

Ya no confía en nadie. Menos en el Estado. Hace un año la Cancillería quitó las placas de bronce de las tumbas de sus dos hijos. Ella pagó seiscientos dólares por esas placas de bronce para que lleven los nombres de Eduardo y de Ernesto. Ella pidió que debajo de esos nombres escribieran Ernesto Paredes, 10 de septiembre de 1967. Amado hijo y hermano. Eduardo Paredes, 15 de julio de 1972. Amado hijo y hermano.

Pero ya no están, y Argelia Paredes está enojada. Ahora le reclama a la Cancillería de Panamá por quitar de las dos tumbas del Jardín de Paz las placas de bronce. Pagadas con el ahorro de años de trabajo en fábricas de textiles, aseadora en hoteles, en las cocinas de restaurantes y camarones que conseguía para subsistir.

Y ya no están. La Cancillería puso placas nuevas en cada una de las tumbas, pero Argelia Paredes no quiere esas placas blancas de arcilla con los nombres y fechas equivocadas. Quiere sus placas de bronce de seiscientos dólares.

Argelia Paredes ya no llora. Siente que se burlaron de ella desde que sus hijos Ernesto y Eduardo fueron asesinados en La Invasión.

Está cabreada de la vida, y quién no. Mataron a sus únicos dos hijos y la dejaron sumida en el pasado. Argelia Paredes no tuvo más hijos, no tiene nietos, vive sola.

Tuve que hacer de tripas corazón para seguir, porque no podía quedarme sentada, dice. No tenía nada, nadie. Estaba sola.

Tenía 43 años cuando la vida la traicionó, Ernesto veintidós, Eduardo apenas diecisiete. El mayor de los hijos ya trabajaba, el menor estaba en la escuela. Era madre soltera.

A Argelia Paredes la envolvió la amargura en su casa de Parque Lefevre. A los hijos los mató el Ejército norteamericano cuando fueron a ayudar a heridos y a buscar comida; quedaron desangrados en un retén. Hoy ella siente que a nadie nunca le importó qué pasó con Ernesto y Eduardo. Que en la memoria panameña sus hijos son un insulto.

Y Argelia Paredes lo repite: Mis hijos no eran delincuentes. Estudiaban y trabajaban. Murieron llevando a un herido al hospital.

Discúlpeme, pero estoy enojada, dice. Cansada de tanta burla. De las entrevistas, de las preguntas. ¡Cansada de toda esta vaina!, dice.

Yo antes lloraba y sentía dolor, dice después. Hoy solo tengo ira. Una ira muy grande.

Argelia Paredes ya no tiene lágrimas. El dolor la secó y la amargura todavía la envuelve, densa y triste en su casa de Parque Lefevre, con una jubilación miserable de 300 dólares mensuales, sin indemnización, sin un perdón, esperando que le devuelvan sus placas de bronce de seiscientos dólares. Sola.

Carlos Martínez Uliten (2002) - Fotografía
Carlos Martínez Uliten (2002) - Fotografía

Sin memoria el duelo es imposible. Así como no hay para Argelia Paredes, no hay para cientos, quizás miles, de madres, no se sabe. No hay un número. Nunca se han contado los muertos y desaparecidos, la primera forma de negación de un país que no permite procesar un duelo con verdad.

En las oficinas de la Comisión 20 de diciembre de 1989, un cuadrado de 60 metros, techo bajo y con una placa que dice “Por la Verdad, la Memoria y la Justicia”, reposan cientos de expedientes judiciales de denuncias realizadas entre enero del 90 y los años siguientes, 29 años de testimonios de cientos de mujeres, que habían estado desperdigados por ministerios y oficinas hasta que la Comisión los rescató, que exculpan de toda culpa a los responsables.

“Un lamentable siniestro”, dicen los expedientes. Es el Estado construyendo impunidad.

No es increíble. Si se hurga en la tradición de alegría efímera del panameño, una alegría que se refleja en sus canciones, en sus dichos, en los Carnavales, las Fiestas Patrias y todas las celebraciones donde hay guaro y campana, bomba y plena, al final el jolgorio es la aspirina para evitar profundizar en nuestras miserias sociales y encontrar salidas colectivas.

A diferencia de las tradiciones de los pueblos de Sudamérica, donde los duelos duran años y se transforman en temas sociales, políticos y se ponen sobre la mesa constantemente la memoria como actor social, en Panamá es más divertido la burbuja del tambor de la alegría, un laberinto sin salidas, una especie de mantra que nos invita a “seguir y seguir” sin avanzar.

Y así Madres, tías, abuelas tuvieron que conformarse con tragarse el horror de todo un país, que no le interesa —por vergüenza o por frivolidad— hacer un duelo. Y estas mujeres, Argelia Paredes, Trinidad Ayola, Eugenia Chirú, Isabel Garrido, Elena Miró, Aitxa Lawson y muchas más en su vía crucis de mujer, de madres solteras y viudas, transitaban desde la Policía Técnica Judicial, de allí a una fiscalía, luego al Órgano Judicial, después a la morgue judicial y así, un sinfín de pasos entre los escombros del país y de sus recuerdos para buscar a sus muertos, para que al final la denuncia exculpara a quienes le habían arrancado la vida en una noche.

El 20 de diciembre reúne todos los tabú del panameño: vergüenza por quienes llamaron a La Invasión, vergüenza por quienes pelearon y perdieron. Culpas y reproches de todas las partes que se creían patriotas. Culpas colectivas enterradas por pactos post invasión: El Pacto de Bambito (1994- 1995), Concertación Nacional (2008). Todas herramientas de consenso, encuentro de sectores políticos, sindicales, sociales, donde nunca se creó un mecanismo para procesar los duelos. Acuerdos donde no se incluyeron a las víctimas de La Invasión. Ni una sola madre que perdió a su hijo el 20 de diciembre de 1989 fue llamada para que participara de esas discusiones, porque se planificaba un país donde no había espacio para el dolor.

Óscar Muñoz / Re/Trato (2004) - Video

El 19 de diciembre de 1989 Abdiel Alberto Vargas llegó a su casa de Panamá Viejo y le habían cortado la luz.

Mamá, si no hay luces de Navidad yo me voy, le dijo en broma a su mamá, Raquel Jaén.

No hijo, ya pagamos, pero no han venido a reinstalarla. Eso demora, dijo ella.

Yo quiero muchas luces para Navidad. Mucha luz, mami.

Esa fue la última vez que Raquel Jaén vio a su hijo. Abdiel tenía diecisiete años y estudiaba el último año de secundaria en el Técnico de Contabilidad. Lo atravesaron varios proyectiles desde un helicóptero. Su cuerpo quedó destrozado, partido por la mitad en la parte de atrás de un camión, en medio de la calle, entre los heridos que estaba ayudando.

Eso le dijeron, ella no pudo verlo y le pidió a su otro hijo, el hermano de Abdiel, que reconociera el cuerpo.

Raquel Jaén era enfermera y tenía cuarenta y cinco años cuando mataron a Abdiel. Fue el 21 de diciembre a las 6 de la mañana y supo del asesinato en su casa. Esa casa, la misma donde crecieron sus demás hijos y nietos, es ahora un santuario rodeado de santos y vírgenes, con una sola foto, la de Abdiel, un recuerdo que habita permanente en la familia.

"A mi hijo le gustaban las luces de Navidad y es por él que pongo muchas luces en el mes de diciembre, para que sepa que nunca lo olvidamos"
Raquel Jaén

El vía crucis de Raquel Jaén había comenzado antes, cuando su esposo la abandonó. Se quedó sola con cinco hijos. Su sueldo no alcanzaba así que Abdiel, el más chico, el inquieto, el deportista, el que conversaba sin césar, la acompañaba en viajes clandestinos en un busito colegial para mantener a todos, incluida la hermana mayor de Raquel y una tía, su madre de crianza que estaba en silla de ruedas. Ocho bocas.

De Abdiel le quedó la sonrisa y el recuerdo de esos diciembres de navidades. Lo extraño, susurra. Lo extraño tanto, dice. Él era mi compañero.

A mi hijo le gustaban las luces de Navidad, dice ahora, y es por él que pongo muchas luces en el mes de diciembre para que sepa que nunca lo olvidamos. En la Navidad de 1988, antes de La Invasión, la luz bailaba entre la familia, comían jamón, ensalada de papas, arroz con guandú y tomaban cervezas.

Raquel Jaén pasó lo que todas las madres que buscaban a sus hijos desaparecidos o muertos después de 1989: hizo decenas de trámites, visitó todas las dependencias judiciales. Y nada.

Carlos Martínez Uliten (2002) - Fotografía
Carlos Martínez Uliten (2002) - Fotografía

Nunca hubo una indemnización. A su hijo lo mataron otros, pero ella tuvo que correr con todos los gastos, sola: pedir favores, entierro, documentación, placa, tumba. Todo. Sola.

Sola.

Sola: cuando su exmarido se enteró que su hijo había muerto, no hizo nada. Él vivía en otro mundo. Cuando las autoridades decidieron que tirarían el cuerpo de Abdiel con otros cientos en una fosa común para remover el cementerio, ella se movió. Sola. Un 23 de diciembre, un día antes de la Navidad.

Sola.

Raquel Jaén, llora cada vez que recuerda a su hijo y dice que después de que murió Abdiel todo fue más difícil. La última Navidad había sido brillante, como las anteriores, no sobraba, ni faltaba nada y siempre; las luces alumbrando desde las ventanas, en la puerta, en el pino canadiense con bolitas de todos los colores, en el nacimiento con el Jesús de plástico. La frescura del frío del norte, se podía oler en la sala del caluroso barrio panameño. Salsa navideña de la Fania All Star, cantaba Héctor Lavoe, Willie Colón, Celia Cruz.

Yo pongo las luces, aunque la oscuridad se haya tragado a mi hijo un 20 de diciembre, dice ahora. Raquel Jaén divaga entre el pasado y el presente. Entre la sonrisa de Abdiel y los nietos. Entre el dolor y el perdón que nunca le pidieron. Entre la luz y la oscuridad, donde quedó su hijo aquel 20 de diciembre de 1989.

*

Muchas de estas mujeres ya tenían vidas duras, historias de abandono y de maltrato económico por los padres de sus hijos. Unas deciden contar, muchas murieron, otras callan o son silenciadas por sus hijos vivos, que prefieren seguir adelante, advierten que son suficientes 29 años de olvido y manoseo político. Solas. Con un país para el consumo, con una democracia sin memoria. Sin duelo posible.

Óscar Muñoz / Linea del destino (2006) - Video
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