Thanks, But No Thanks

Por Luis Burón Barahona
Sandra Mack-Valencia / Proud Americana (2010)
Sandra Mack-Valencia / Proud Americana (2010) - Acrílico, Transferencia Y Tinta Sobre Papel
Cientos de panameños salieron a festejar La Invasión tras la caída de Noriega. Llevaban pitos, camisetas, banderas de EE.UU. ¿Puede la oposición a un régimen justificar la muerte?

En la foto aparezco con una ametralladora más grande que yo. Tenía cinco años y estaba sentado sobre uno de esos tanques todoterreno del ejército de Estados Unidos, en la cabeza llevaba un casco y en la cara, pintura de camuflaje. Entre mis manos, un arma que seguramente fue utilizada para disparar durante el operativo.

La foto fue tomada en enero de 1990, unos días después de La Invasión de Estados Unidos a Panamá. A mi izquierda, un soldado de rostro latino y con bigote. A mi derecha, mi primo. La foto la tomó mi mamá, o alguien al que ella le pidió tomar la foto. Mi madre había marchado contra la dictadura con determinación y temple. También con sufrimiento: el único embarazo que tuvo era de mellizos. En una manifestación, la detuvieron y la zarandearon. La bolsa en la que iba mi hermano no aguantó el trajín y cedió. Fue mucha suerte que no me perdiera a mi también. Por eso después que yo nací, siguió protestando contra el régimen. Y quizás por eso mismo, también fue feliz cuando cayó Noriega.

No fue la única. Miles de panameños salieron a la calle a festejar la intervención norteamericana. La Invasión, sentían muchos, había sido una especie de liberación, una limpia espiritual en la que los soldados estadounidenses, en su inmensa bondad, venían a quitarnos de encima a Manuel Antonio Noriega, el narcodictador, el santero, la maldad hecha carne. El diablo mismo.

La Invasión no era una invasión: era una promesa de tiempos mejores. La economía se dispararía, la democracia se fortalecería, habría bonanza, tranquilidad. La Invasión, en esa visión, era la primera página de un libro que suponía un final feliz para Panamá. No sería así.

Sandra Mack-Valencia / Proud Americana (2010)
Sandra Mack-Valencia / Proud Americana (2010) - Acrílico, Transferencia Y Tinta Sobre Papel

En los días posteriores a La Invasión, había panameños abrazando en las calles a los agresores, agradeciéndoles las bombas y las balas. Llevaban banderas nacionales y gringas, camisetas que rezaban que toda aquella muerte era una causa justa. Calle 50, corazón del centro financiero panameño, y que hoy es la pasarela para los festejos del fútbol, fue el escenario aquel diciembre para bramar a los gringos, con bombas y metralla.

Familias enteras peregrinaban haciendo honores al ejército estadounidense. Hombres que cargaban letreros con la frase ‘Viva Estados Unidos’. Niños que agradecían la operación militar.

—Íbamos en el auto y toda la calle 50 era una fiesta impresionante. Más gente ahí que cuando entramos al mundial y muchos tomándose fotos con los gringos —dice Xavier Ucar.

Es viernes 5 de octubre y Xavier está sentado en una mesa de su propio bar en San Francisco. Es un panameño alto y flaco de jeans y zapatillas que hoy tiene el bar de las mejores hamburguesas del país en este barrio lleno de tiendas orgánicas bordeando el mar, pero entonces era un niño montado en el auto de su mamá.

—Mi mamá señala a los soldados y me dice que les diga thank you. Yo salí por la ventana y les grité: Thank you!

Xavier conoce al dedillo la historia del país, no ha parado de reunir libros y documentos sobre la historia del militarismo local. Pero cuando La Invasión tenía doce años y vivía a unas cuadras del aeropuerto de Paitilla, el primer objetivo de ataque de los Estados Unidos bajo el código de Nifty Package, que incluía la destrucción de todas las posible rutas de salida de Noriega. Él recuerda con claridad esas escenas que entonces no entendía demasiado: las explosiones que teñían el cielo de naranja, los disparos, el ruido de las botas de los panameños que lograron escapar y que corrían por las calles del barrio.

—Yo veía las balas trazadoras cayendo en el aeropuerto. El sonido de las ametralladoras todavía lo puedo escuchar. Los gringos se pasaron.

A la mañana siguiente, recuerda una tranquilidad extraña. El barrio no tenía luz, los vecinos decidieron organizarse y montaron una especie de patrulla con turnos hasta la noche. Sabían que en la ciudad habían saqueos y asaltos, y preferían cuidarse entre ellos.

—Ni me imaginaba la cantidad de armas que tenían mis vecinos. Casi todos tenían una y con eso hacían las rondas.

Desde la oficina fría, Xavier cuenta lo que vino después: miles de personas fueron en la calle agradeciendo la operación militar que había puesto fin a la dictadura de Noriega.

"Mi mamá señala a los soldados y me dice que les diga thank you. Yo salí por la ventana y les grité: Thank you!"
Xavier Ucar

La mayoría de quienes vivían allí habían participado en las concentraciones contra el dictador y su dictadura; habían huído de los toletazos de los doberman y los centuriones, las compañías de orden público que aparecían a oprimir a quien osara a levantar la voz contra el régimen; habían movido sus inversiones para no afectarse aún más por el bloqueo comercial y económico de casi dos años. Y ahora, meses después, eran testigos en primera fila de la caída del hombre fuerte de Panamá. También de la muerte de panameños.

Brooke Alfaro - 20 (1990)
Brooke Alfaro / "20" (1990) - Óleo sobre lienzo

Fernando Castillo festejó con su familia. Es un abogado de saco y corbata que ronda los 45 años y vio La Invasión a los 17 desde el apartamento en el que vivía en punta Paitilla, donde los bombazos a El Chorrillo fueron como una película: el mar oscuro, un espejo de los destellos rojos y naranjas que lo fulminaban todo en nombre de la libertad. Al ver las explosiones en la negrura del horizonte, no pudo evitar sentir felicidad: Noriega era un monstruo y la operación estadounidense era la única forma de sacarlo del poder.

—En Paitilla todos mis vecinos se pusieron felices —dice Fernando una tarde de octubre desde su oficina en el piso diecinueve en Costa del Este.

Festejaban el final de la dictadura, después de ceder el país a una narcodictadura que se imponía a punta de fuerza y había provocado un caos. Si ya ni comida en los supermercados se encontraba.

—Muchos vecinos invitaron a los soldados a cenar en sus casas para navidad. Pavo, jamón, tamales, arroz con pollo, ensalada de remolacha, ron ponche.

Y aunque hasta abrieron las puertas de los invasores para que llamaran a sus mamás, papás, tías, amigos, para que les avisaran que estaban vivos y para que desearan felices fiestas, feliz fin de año, temían a cualquiera que no fuera del barrio: montaron una especie de retén para que no pasara nadie que no viviera allí. Por eso lograron ahuyentar con bala a unos atrevidos que intentaban saquear un supermercado. La banda sonora de las noches panameñas en los días posteriores a La Invasión fue intercambio de bala en la ciudad de Panamá.

En Altos del Golf, por ejemplo, otro barrio de clase alta donde vivía Cristina, una mujer de 50 años enamorada de las montañas que una tarde de noviembre, sentada en un cafetín céntrico dice:

—Yo escuché disparos durante toda la madrugada. No salí por varios días porque tenía mucho miedo de lo que podía pasar.

A diferencia de Paitilla, en este barrio no hay edificios, sino casas inmensas, de tres, cuatro pisos, con diseños clásicos y modernos, portales eléctricos, garitas de seguridad, patios inmensos. Pero allí vivía Noriega, así que en diciembre esa tranquilidad exclusiva y habitual fue raptada por la locura. Panameña con nacionalidad gringa, esa noche Cristina se sintió rescatada por una de sus patrias.

Antes de eso, Cristina se maquillaba para ir a una fiesta organizada por la Embajada de Estados Unidos en Panamá. De repente su esposo, un banquero, le dijo que mejor no iban a ningún lado. Que había rumores de que algo pasaría. Ella, molesta, se acostó a dormir. A las pocas horas, su esposo la despertó y le contó que Panamá estaba siendo invadido por los gringos. Llamaron a todos sus familiares y trancaron bien las puertas. Ella intentó volver a dormir, pero el sonido de los bombazos se lo impidió.

Descendiente de varios presidentes del país y con una madre estadounidense, Cristina tenía maneras de refugiarse del peligro. Recibió una llamada para que prepara sus cosas pues un helicóptero la iría a buscar para llevarla a la Zona del Canal. Pero se quedó en su casa.

—Estaba contenta porque la situación en el país ya no daba para más. Esto era un desastre, así que aplaudí la invasión, pero no salí a festejar. No salí porque tenía miedo.

Dice Cristina, jeans y chal, los ojos verdes rebotando al mirar a alrededor. La euforia fue barrial en Altos del Golf. Aquella cena de navidad la celebraron los vecinos comiendo junto con los soldados gringos. A la mañana siguiente, los niños corrieron por las calles a probar sus nuevos juguetes con los uniformados. Seguramente muchos de esos niños, al igual que Xavier, soltaron un thank you. Quizás, también como él, a algunos los veintinueve años que pasaron los encuentren parados en otro lugar.

*

La tarde avanzó el viernes 5 de octubre, Xavier contesta un chat en el segundo piso de su bar con las mejores hamburguesas del país, me pregunta si quiero tomar algo, deja el móvil a un costado y vuelve a recordar aquel día de diciembre en calle 50, cuando le gritó thank you a un soldado gringo.

—Apenas le dije eso a los gringos, mi tía Delia, que estaba al lado mío en el carro, se volteó y me dijo al oído que me iba a arrepentir toda la vida de lo que acababa de hacer. Y sabes que sí, me arrepentí. Lo pienso y me da una vergüenza horrible.

La frase de Delia era como un mantra puntual y rotundo. A sus quince años, unos tres años después de la operación Causa Justa, cuando un compañero de escuela le prestó el documental ‘The Panama deception’, el vaticinio de la tía terminó de hacerle sentido. Lo vio solo en su cuarto. A oscuras. Al final, lloró.

—La Invasión no fue lo que se vendió. Panamá perdió mucho con la agresión, principalmente la vida de cientos de panameños. Mataron mucha gente.

José Olano / Una Piña para Ricky (2018)
José Olano / Una Piña para Ricky (2018) - Escultura efímera

Se arrepiente de haber aplaudido mientras las bombas y las balas acababan con todo lo que se les cruzara. También se arrepienten Fernando y Cristina. Les costó tiempo. De La Invasión casi no se habla ahora, pero se hablaba menos antes, cuando las visiones eran polarizadas: si te oponías a La Invasión era porque estabas con la dictadura; si aplaudías la caída de la dictadura era porque apoyabas La Invasión. Un juego maquineo que se comienza a caer con las preguntas, con el tiempo y la madurez y honestidad en la mirada. No les gustaba Noriega. Ahora tampoco lo que hicieron los gringos.

Si te oponías a La Invasión, estabas con la dictadura; si aplaudías la caída de la dictadura, apoyabas La Invasión.

Cristina se avergüenza de haber sentido ese alivio ante los bombardeos. Ella, que le decía tío al vicepresidente del país que tomó posesión en una base militar de la Zona del Canal la noche de La Invasión, Guillermo Ford, ahora cree que todo fue una excusa por cuestiones de dinero. Que el Estado estadounidense le iba a cortar presupuesto a los militares y que se inventaron el primer ataque que pudieron. Que por eso desplegaron tanta fuerza. Que a Noriega lo podían sacar con una operación pequeña y sutil. Que esa verdad debe saberse. Que el Estado panameño debiera aclarar las cosas. Que Estados Unidos debiera hacerse responsable.

A Fernando le tomó apenas un año entender que la operación no había sido tan buena como le contaban sus vecinos. Fue a finales de 1990, un año después de la Causa Justa, cuando un supuesto motín de un oficial de la Policía Nacional fue sofocado con brutalidad. —Ver a los gringos tirar al piso, pisotear y arrestar a esos agentes de la policía, me hizo cuestionarme las verdaderas intenciones del ejército estadounidense. Me sentí defraudado.

Se ruborizó entonces por participar en una caravana cuando Noriega se entregó al ejército invasor, muy cerca del edificio donde vivía. La gente gritaba, bailaba, saltaba. Un frenesí colectivo del que Fernando participó. Después, comprendió que había celebrado la misma noche que miles de panameños habían muerto. Hoy piensa que La Invasión fue desproporcionada y agresiva. Y que esa promesa de democracia con que vendieron el ataque, fue solo una artimaña de márketing para justificar un capricho que regó sangre, bronca y dolor.

*

Mi abuela tiene el álbum con la foto en la que aparezco con la ametralladora en un mueble al que nadie tiene acceso. Por mi, mejor. No quiero que nadie vea mi sonrisa de oreja a oreja mientras cargo aquella arma. Hay dos fotos más: en una aparezco solo sentado en el tanque todoterreno. En la otra ya es de noche. Todavía tengo en la cara rastros de la pintura de camuflaje que me untó el soldado. Cargo un arma de juguete y la sonrisa de quien no entiende que la metralleta que cargó unas horas antes seguramente mató a un panameño.

Dice mi mamá que si volviera a tener la oportunidad, no me tomaría la foto. Que con los años comprendió que no se trataba de malos contra buenos, que fue todo horrible y que el sistema que instauraron los gringos después fue a lo loco. Dice que se arrepiente de haber sido civilista, de haber marchado por las calles de Panamá pidiendo una democracia justa y representativa que nunca llegó. Que se arrepiente de haber perdido un hijo en esas concentraciones. Que le avergüenza, sobre todo, haber sido feliz cuando los gringos nos invadieron.

Pilar Moreno / Invasión (2013) - Diorama con Collage
Pilar Moreno / Invasión (2013) - Diorama con Collage
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