El 20 de diciembre de 1989 reventaron El Chorrillo. Los vecinos dicen que ese día el barrio murió: incrementó la pobreza, el desempleo, las pandillas y los estigmas. Una historia de decadencia y olvido
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Son las 8 de la mañana de un lunes cualquiera y en Calle 13 el aire es un hervor cargado de fritanga, café y mar. El chino de la tienda recibe a sus clientes mañaneros. Un gallo canta. Vecinas de caderas anchas, torsos erguidos y trenzas en el pelo, apresuran sus pasos como queriendo abrazar el día.
Es noviembre y en el barrio, a la patria se le quiere con banderas. Las hay chiquitas y cuadradas en los postes de luz que bordean con paso enano los niños cargando mochilas hacia la escuela. Las hay grandes y verticales colgando en los balcones de esos caserones de madera que parecen siempre a punto de caerse. Las hay amarradas a las ramas de un árbol de una esquina, donde tres mujeres con rulos, suéteres escotados y zapatillas a la moda, hablan con dos hombres a los que se le empieza a notar el lastre de los años, sobre el 1532, el número que jugó la lotería en el primer premio el domingo anterior. Ignorado por todos, en la acera, un perro blanco, viejo y flaco se rasca con afán.
A esta hora, El Chorrillo no parece la zona de guerra que muchas veces muestran en la televisión. Tampoco ese lugar cargado de estigma al que la mayoría de los panameños no se atreverían a entrar. No hay pandilleros, ni muchachos armados, ni correderas. Hay, sí, aguas podridas que forman charcos en medio de la calle, huecos en las aceras, edificios cundidos de microapartamentos sombríos, con paredes sucias y malolientes. Moscas revoloteando en la basura que el camión no alcanzó a llevarse. Todas las postales de un barrio roto.
Desde el momento mismo de su nacimiento, en el interior de El Chorrillo hubo efervescencia de pasiones y mezclas. El mito cuenta —como cuentan los mitos, con contradicciones y coincidencias— que en sus bares nacieron nuevas ideas y estilos musicales. Vecino del Pacífico y del cerro Ancón, hoy El Chorrillo tiene una ubicación privilegiada —está a pocos pasos del boom inmobiliario en que se transformó al casco antiguo— y una soledad de ruinas —vecinos sentenciados a vivir en espacios de 45 metros cuadrados y a cerrar las calles para cuestiones tan básicas como que llegue el agua potable o que se vayan las aguas negras—. El 20 de diciembre de 1989 las bombas, la furia y el fuego sumergieron al barrio en una ebullición sinfín de dolores, olvidos y violencias.