Luis Alberto padre pasó del dolor y la prudencia a la cólera vengativa. Decidió que saldría a matar a todos los estadounidenses que encontrara. Hubo que trancar las puertas de la casa y esconder las llaves para evitar una nueva tragedia.
Tras aquello siguieron noches de rezos colectivos, de vecinos aterrados buscando refugio a quienes se les sirvió café y consejos en medio del luto familiar. Mi madre, médico, lamentaba haber salvado tantas vidas y ahora verse impotente para salvar a su hermano. María Mercedes dormía con el retrato de Chiqui aferrado al pecho.
Pero, sobre todo, faltaba encontrar el cuerpo de Chiqui. Sabían por La Pecosa que lo habían llevado en un helicóptero a un regimiento. Pero nadie sabía dónde estaba ahora.
Mi mamá llamó a todos sus contactos. No quedó morgue ni hospital sin tocar. Llamó incluso al consulado de Colombia para que solicitara el cuerpo. Finalmente resultaría decisiva una llamada de La Pecosa. Habló con su prima, quien trabajaba con el ejército estadounidense. Llegó a hablar con el general Marc Cisneros, el hombre poderoso al mando del Comando Sur, la gran mano que dirigió la Invasión. Hablar con él, era como conseguir una audiencia con el Papa. Cisneros le dijo que el cuerpo estaría en el Gorgas. Fue una suerte extraordinaria. Probó que en Panamá hasta para la muerte se necesita palanca.
Del Gorgas el cuerpo fue llevado hasta el crematorio de Sercresa, en el Jardín de Paz. Isabel, mi madre, estaría allí cuando llegara. El doctor Reynaldo Arosemena padre y Sabino González serían quienes identificarían el cuerpo y servirían de testigos. Arosemena, mejor conocido como Gallo, era el papá de Pollo, el amigo que Chiqui había llamado antes de ir al aeropuerto. Habían pasado tres días desde el asesinato.
Rescataron la billetera, un collar que identificaba que Chiqui era alérgico a la penicilina, un reloj resistente al agua y su anillo de bodas. Mi tío siempre llevaba el anillo en vida, así que ahora, muerto, no sería distinto: lo colocaron junto a su cuerpo antes de entregarlo a las llamas. Las hermanas sacaron sus ahorros y pagaron 500 dólares al Colegio Javier para enterrarlo. La cripta de Chiqui lleva el número 269.
Durante los meses que siguieron, los bienes de Chiqui fueron traspasados de vuelta a sus padres. El 26 de enero de 1990, poco más de un mes después de la muerte, La Pecosa, quien tenía derechos como cónyugue ya que no hubo testamento, dejó la casa, el carro y un terreno que habían comprado fuera de la ciudad a nombre de mis abuelos y se alejó de la familia Riaño. Yo no la volvería a ver hasta veintinueve años después.
Isabel, mi madre, se mudó a casa de su hermano. Fue allí donde pasé la mayor parte de mi infancia, tirándome de lomas con la vieja patineta de mi tío —así perdí un diente— y oyendo hablar de él cada vez que le ponía kétchup Maggi al arroz con pollo.
Aprendí que mi tío era zurdo, igual que yo, pero que lo obligaron a escribir con la derecha en la escuela. Quizás por eso solía escribir los números al revés. Aprendí que era “amigo de sus amigos”, que nunca llegaba tarde, que era un hombre responsable y honrado. Que se casó con un esmoquin blanco y que yo di mis primeros pasos en su boda.
La empresa Aeroradio aún sigue en pie. Tras la muerte, su hermana Vicky tomó la tarea de salvar el patrimonio familiar. Con el libro de cuentas de su hermano, entró a las oficinas del Servicio Aeronaval y cobró 10 mil dólares adeudados. Orgullosa, entregó el dinero a su papá, quien exaltado le dijo que cómo se le ocurría ir a cobrar esa plata, que la hubieran podido matar.
Pero Vicky tenía la determinación de los veintitrés años y con la misma decisión, una vez estabilizada la situación en la ciudad, entraría a las oficinas de Aeroradio ocupadas por los estadounidenses. Habían roto las ventanas y la puerta. Faltaba un equipo valorado en 40 mil dólares y la cuenta del teléfono ascendía a 15 mil dólares. El registro de llamadas reveló que muchos telefonearon a residencias en Carolina del Norte. Los soldados estadounidenses habían llamado a sus familias para saludar por la Navidad.
Quisiera aferrarme al hombre cuya vida y muerte he tratado de reconstruir. Decirle que su vida valió la pena.
Vicky colocó una demanda contra los norteamericanos por las pérdidas. Logró que le pagaran la cuenta de teléfono, las ventanas y la puerta rota. Le preguntaron si tenía algún testigo de que los soldados hubieran sido responsables por el equipo de 40 mil dólares. “Al único que pudo haber sido testigo, ustedes lo asesinaron”, respondió. No le pagaron.
Hubo otro proceso legal. El abogado Michael Pierce y su socio John Kiyonaga se acercaron a la familia unos años después. Elevarían una demanda por los daños hasta el Senado de los Estados Unidos. No cobrarían nada a la familia, sino que recibirían un porcentaje del pago de lograrse un veredicto o acuerdo satisfactorio. No prosperó. El Senado les recordó a los abogados que el gobierno panameño nunca presentó un reclamo formal por los muertos de La Invasión. Por el contrario, el entonces flamante mandatario Guillermo Endara Galimany agradeció la “liberación”.
En 1993, Flor y Alberto Riaño decidieron viajar hasta México con la esperanza de presentar su caso al Papa Juan Pablo II, de visita en el país, pero el peregrinaje religioso resultó tan infructuoso como los esfuerzos legales. Para los padres de Chiqui, lo más importante era eliminar ese KIA: que se reconociera que su hijo no era un soldado muerto en batalla, sino un civil asesinado sin justificación.
La familia no se sumó a otros colectivos de víctimas de La Invasión. Temían que el caso fuera usado con intereses políticos. No fue hasta 2017, con la creación de la Comisión de la Verdad, que La Pecosa decidió dar su testimonio para que el nombre de Chiqui fuera agregado a la lista de víctimas. Y allí la conocería yo, ahora con 30 años, barbudo y con una calvicie incipiente muy distinta a la del bebé cocobolo a quien mi tío le decía Profesor.
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Escuché la historia de La Pecosa en la mesa de un Pizza Hut. Ella me conocía de bebé, y quizás de fotos. Yo no tenía idea de nada. Sabía que había sido la esposa de mi tío y que era abogada. Así que podría decir que recién la conocí ese día, veintinueve años después de haberla conocido. Llevaba un vestido verde, su color favorito.
Comprendí inmediatamente cómo mi tío se enamoró de ella. Se sentó sin dudas, ni pena. Sus palabras viajaban certeras. Contó una historia de sangre y dolor de forma precisa y pausada. A ratos me la podía imaginar en una corte, como la abogada que es, recelosa de no revelar más de la cuenta. Y en otros momentos asomaba un tono íntimo que me hizo pensar en la joven que se casó con un surfista amante del rock.
Su rostro se iluminaba cuando recordaba el cariño de sus padres a Chiqui. Fue el primer hombre que sus padres aceptaron como su pareja y quisieron de corazón. Sus ojos se endurecieron cuando aclaraba algo que consideraba falso o impreciso. Esos ojos se fijaron en los míos cuando relató cómo se conocieron, cómo se enamoraron, cómo se casaron. Cómo se aferró a su cintura en medio de los disparos, cómo viajó con el cuerpo, cómo le gritó a los gringos, cómo restregaron la sangre seca de su cuerpo.
Ahora su presente era otro. Tras la muerte de Chiqui se alejó de una familia ahogada en el dolor, se alejó de los reclamos, las lágrimas y la ira. Siguió con su vida. Yo no tengo recuerdos de mi tío, pero si él la amaba con el fervor que esos ojos aún guardan por su recuerdo, sé que sería feliz de saber que su vida siguió, que se casó y ahora tiene dos hijos, uno de veintiún años, otro de veintisiete, la misma edad que tenía él cuando murió. Nunca la vi en las misas de aniversario convocadas por mi familia, pero supe que a lo largo de los años visitó la cripta, sola.
En 2008 mudaron los restos de mi tío al Colegio Javier en Clayton. Descansa en un pasillo largo y bien iluminado, cerca de una ventana. Mi abuela Flor lo visita todos los sábados. Lleva siempre flores frescas: orquídeas blancas con morado. Sonias, sus favoritas. La cripta guarda también las cenizas de mi abuelo, que murió el 20 mayo del 2017. Luis Alberto Riaño hijo y padre están juntos. Los 22 de diciembre nos encontramos todos, excepto La Pecosa, en la misa de aniversario. El cura hace una breve mención, a veces pronuncia mal el nombre, y todos le damos un abrazo extra fuerte a mi abuela Flor.