Durante cinco gobiernos no hubo Verdad ni Justicia para las víctimas de La Invasión de Estados Unidos a Panamá. De los 151 casos que ingresaron al Ministerio Público, solo uno tuvo condena: la muerte de un estadounidense
El jueves 27 de julio de 2018 Gilda Hernández fue tras el último intento para encontrar respuestas sobre las muertes de su esposo, Manuel Becerra, y de su hermano, Rogelio Smith. Pasadas las 8 de la mañana salió de su casa en Santa Librada, una barriada popular en las afueras de la ciudad, tomó un bus hasta la estación del Metro de San Isidro y, en menos de una hora, entró a la Comisión 20 de diciembre de 1989 para volver a repasar el momento en que unos soldados norteamericanos asesinaron a dos de los suyos.
Había leído la noticia en el periódico. Finalmente, el Estado panameño parecía hacer algo para conocer qué pasó, cuántos murieron y con qué clase de saña, durante La Invasión de los Estados Unidos a Panamá. Gilda estaba en su trabajo cuando vio el diario, cerró los ojos y suspiró con alivio: tras casi tres décadas, alguien del poder reaccionaba. La Comisión estaría recibiendo testimonios en la sede del Parque Omar, en el corazón del barrio San Francisco. Allí fue.
Lo que narró frente a dos voluntarios de la Comisión es lo mismo que viene repitiendo desde aquella mañana de terror: el 22 de diciembre de 1989 su esposo Manuel y su hermano Rogelio fueron asesinados a balazos por soldados gringos en la avenida de Los Mártires, a la altura de la Asamblea Nacional, cuando viajaban en un auto Lada Samara de color blanco, desde el barrio Santa Ana hacia Santa Librada, para volver a encontrarse con Gilda y sus dos hijas.
Gilda lo contó con la resignación de quien repite una historia trágica mil veces y nunca encuentra una respuesta que repare. Detalló cómo deambuló por morgues y hospitales hasta corroborar su tragedia durante los primeros días de enero de 1990 en una pared del Ministerio Público, cuando vio las fotos de Manuel y de Rogelio pegadas en un tablero, entre otros muertos. Bajó la mirada cuando recordó que en la morgue del Santo Tomas le mostraron varios cuerpos, pero ninguno le era familiar. Solo sonrió cuando nombró sus dos sus hijas, Jennifer y Genevie, y a su madre, Esther, quien también resultó herida en aquel viaje mortal pero el 25 de diciembre de 1989 la llamó desde el hospital Gorgas para decirle que le habían dado el alta.
Dijo también que desde aquellos días empezó una vida de intentos inútiles. Integró la Asociación de Familiares y Amigos de los Caídos del 20 de Diciembre para reclamar Justicia y luego se sumó a otro movimiento de familiares con el que probaron lograr algo ante todos los gobiernos de aquí y de Estados Unidos. También que pateó los pasillos del Ministerio Público hasta que sentenciaron que sí, que su marido y su hermano efectivamente habían muerto el día de La Invasión, pero que se carece de los elementos suficientes y necesarios para determinar debidamente el autor o autores del ilícito.
Contó que aunque en el Ministerio Público le aseguraron que los suyos estaban muertos, los cuerpos no los tenían así que le dijeron que llamara al Gorgas pues, para que allí mismo se los dieran y ella pudiese enterrarlos. Que llamó durante días, varias veces cada día, y nadie nunca jamás contestó. Que ya estaba en el fondo de la desesperación cuando una amiga se apiadó y fue y averiguó y siguió hasta que encontró a Manuel y a Rogelio enterrados en la fosa común del Jardín de Paz. Que cuando supo que para el Estado su esposo era una placa con el número 0027 y su hermano otra, la 0039, pidió ver ella para mostrarles —y mostrarse— lo que finalmente mostró: atrás de esos números estaban Manuel y Rogelio.
Otras cosas no las contó. Que nunca más se pudo enamorar. Que se quedó viviendo con una madre que ha llorado por 29 años la muerte de su hijo. Que se quedó sola a cargo de sus hijas —una de tres años, otra de uno—. Que mientras ella trabajaba en un ministerio, sus niñas quedaban con su madre. Que nunca quiso hablarles de ese pasado para que la ausencia se hiciera más liviana. Que llora poco, pero cada 22 de diciembre duele.