La ausencia de autoridades locales y la presencia militar gringa en las calles provocó la muerte de muchos civiles durante La Invasión. Varias fueron en retenes norteamericanos
Por casi un año después de La Invasión, Carlos Barahona evitaría a toda costa la vía Transístmica, una de las principales arterias de la ciudad de Panamá. Para llegar a sus sesiones de fisioterapia en la Caja del Seguro Social, tomaba un taxi o bus por la ruta Tumba Muerto, sumándole unos pocos minutos a su trayecto. Pero extrañaba conducir y, de vez en cuando, añoraba su auto, un Mazda 1800 del ’69 que perdió durante La Invasión. No manejaba desde la madrugada del 23 de diciembre de 1989, tres días después de que cayeran las primeras bombas norteamericanas en suelo panameño.
Aquella noche el ambiente estaba quieto, silencioso. En el puente de la calle C en el barrio de Pan de Azúcar en San Miguelito, el escenario era distinto. Allí, bajo un árbol de mango, un grupo de jóvenes conversaba, vigilaba el área. Habían escuchado los rumores en la radio: que los Batallones de la Dignidad y los CODEPADI —la milicia popular y el cuerpo de protección civil— se metían armados en las casas para robar y violar a las mujeres. Era una estratagema de comunicación montada por el Comando Sur para debilitar la resistencia a La Invasión. Fuera cierto o no, ellos no lo iban a permitir. San Miguelito, el segundo distrito más poblado de la ciudad, se convertiría en uno de los principales focos de resistencia.
—Estábamos tomando trago, esperando a que llegaran—, recuerda Carlos 28 años más tarde, a un costado del mismo palo de mango. Sus amigos, vecinos de la calle C, habían conseguido el licor durante el saqueo de los últimos dos días. Y entre sorbos de ron, seco y whisky matizaban la zozobra de ser civiles —de ser jóvenes— en medio de una guerra desigual e innecesaria.
Cerca de las 11 de la noche se acercó al palo de mango, con el paso apurado, un compañero del barrio. Era Ismael Perea, otro guardián del vecindario. Carlos lo conocía desde niño, cuando se instaló en Pan de Azúcar con su familia. Eran vecinos y amigos de una década. “La chola está con dolores”, les dijo. La chola, su esposa Otilia, estaba al borde del parto: había roto fuente. Necesitaban llegar pronto a un hospital.
Carlos era el único con carro: el Mazda del ‘69 que había comprado por 150 balboas con los primeros ahorros de su trabajo como asistente contable en la Zona Libre de Colón. No le funcionaba el tacómetro ni el indicador de combustible, pero lucía la última moda en pinturas —un color vino escarchado— gracias a un chapistero amigo que le aplicó las sobras de un Alfa Romeo. Los rines cromados se los habían regalado, sucios y bajo una capa de óxido. Carlos dedicó un fin de semana a restregarles arena con un trapo hasta que los hizo volver a brillar bajo el sol.
Corrió a casa y tomó las llaves del vehículo. “¿Acaso no ves lo que está pasando?”, se desesperó su madre. Intentó disuadirlo, pero su hijo de 23 años estaba convencido. “Un favor se le hace a cualquiera”. Y con ese ímpetu de la juventud se dispuso a enfrentar las calles de la ciudad invadida, con Ismael a su lado y las dos mujeres atrás: la señora Bertha, madre de Ismael y futura abuela, y Otilia, a punto de parir.
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Es 2018 y Pan de Azúcar no ha cambiado demasiado. Salvo la estación del Metro que le sirve de frontera y la escuela República de Italia, un edificio de 1959 que ha sido demolido recientemente, dejando un vacío extraño en la calle C. La casa donde vivía Carlos sigue allí, pero sin la terraza de su adolescencia. Sus padres han muerto y la familia ha dividido el viejo hogar en cuartos de alquiler. Algunos vecinos de la época lo saludan con cariño. Él sonríe a todos. Todavía es el ‘Bebi’ que vivió allí hasta sus veintisiete.
Es temprano, aún no pega el calor panameño. Hoy Carlos revive la ruta de aquel 23 de diciembre. Esta vez pilotea un CRV celeste del 2007, un auto sin pretensiones, con el aire acondicionado en su máxima potencia. Es un hombre de estatura promedio, piel trigueña y sonrisa amistosa. Conversa sobre esa noche con naturalidad, como si lo hubiese contado muchas veces. A diferencia de otros, que solo cargan con las huellas invisibles de La Invasión, la de Carlos es muy obvia. Lleva un pequeño globo de piel sobre la mano izquierda. Esa marca física obliga a dar explicaciones a los indiscretos, recordar la madrugada en que una bala le destruyó la mano.
—De mis 51 años, 27 he tenido la mano así. Ya me acostumbré.
Los primeros días de La Invasión, recuerda, se escuchaban disparos constantes por su área, helicópteros sobrevolando y, más allá, detonaciones. A cinco kilómetros de su hogar, los gringos bombardeaban el cuartel de Tinajitas en San Miguelito, un bastión de las Fuerzas de Defensa de Panamá. Pero la mañana del 22 de diciembre, confiando en la luz del sol como su aliada, Carlos tomó el bus tipo panel de su padre y viajó con su hermana hasta la vía España, a los depósitos del Banco Nacional. Su hermana era funcionaria del banco y le correspondía recibir un jamón de Navidad. Cuando llegaron, el encargado de repartirlos estaba desesperado. Nadie había ido a recoger su jamón y él se quería ir a casa.
Dentro del Mazda, la tensión y el silencio se disputaban protagonismo. Carlos hacía volar el auto.
Carlos y su hermana se marcharon con el panel lleno de jamones. Le repartirían a toda la familia. En el camino de regreso tomaron por la vía Tumba Muerto y se detuvieron en una estación de gasolina, pero un grupo de hombres armados intentó robarles el vehículo y debieron huir. El saqueo era rampante. Multitudes caminaban por la calle con neveras en la espalda, sacos de comida, aires acondicionados, estufas, radios, televisores, alfombras, tanques de gas. Carlos recuerda un carro con personas armadas que se detuvo en plena avenida para robarle a unos que andaban a pie. El Centro Comercial El Dorado estaba totalmente devastado. Los vidrios quebrados esparcidos por todos lados. El Autocentro, en una esquina, aniquilado. La destrucción era un escenario común en las vísperas de la Navidad de 1989. El país se acababa y en la calle se arrebataban las migajas con desesperación.