Surany perdió un ojo a los seis años cuando EE.UU invadió Colón. A sus ocho, Abraham se abrió la pierna escapando del bombardeo en El Chorrillo. ¿Puede un niño escapar del infierno?
Después de cinco años trabajando en el mismo lugar, Surany está lista para confesar que tiene una discapacidad. Ninguno de sus colegas se había percatado que su ojo izquierdo es en realidad una prótesis. Quizá barajaban teorías sobre la causa, o se entregaban a la ambigüedad de un bochinche que muere a las cinco de la tarde. Pero el silencio de Surany no era casual. Reconocerse como una afectada de La Invasión de Estados Unidos a Panamá la llenaba de vergüenza. Le aterraba evocar el misil que le quitó parte de la vista a los seis años. Para ella, La Invasión de 1989 era el muerto que no quería mirar por temor a que se moviera. Recordar era abrir una herida que nunca terminó de cicatrizar. Por eso ni ella ni sus compañeros en Colón han tocado el tema. Cuando remover el pasado se torna agrio, el silencio gobierna para que nadie pierda la cordura. Lo único que la hizo cambiar de parecer fue una amenaza de despido. Para blindar su puesto, Surany tuvo que desarmarse del todo: enfrentar un silencio de 29 años y presentar en recursos humanos su certificado de discapacidad visual.
Surany descubrió el horror el 22 de diciembre de 1989, cuando La Invasión desgració a Colón. Como no había qué comer en casa, su mamá salió para traerle almuerzo a ella y a sus hermanos, Teíto, de cuatro años; Johnny, de dos, e Isaac, el recién nacido. Eran las cuatro de la tarde y afuera las calles eran las de una ciudad bajo amenaza de muerte: el ejército gringo había bombardeado una base naval y una escuela militar y, pese al toque de queda, la gente, las armas y el fuego no cesaban.
Cuando su mamá regresó al edificio conocido como Salty, en la calle quinta con la avenida Bolívar, subió al apartamento 4050 y se sentó a la mesa con los chicos para contarles el caos que había fuera: un aire cargado de humo, helicópteros cortando el cielo como avispas rabiosas, gringos pateando puertas de casas buscando a los militares panameños. Esa semana, en la orilla atlántica del Canal, los atardeceres de una ciudad caribeña musical y fiestera, eran imposibles.
Lo que sucedería de inmediato metería la guerra en la cotidianidad o la cotidianidad en la guerra. El papá de Surany trajo una chicha de maíz para cada uno, pero, como olvidó servirle a su esposa, ella fue a preparársela justo cuando varias explosiones en el edificio vecino sacudieron las ventanas del Salty. Isaac, el recién nacido, descansaba en el coche de bebé en la sala. La madre se volteó a preguntar si habían oído los estallidos, pero no alcanzó a decir mucho cuando de pronto un misil Hellfire atravesó el comedor de su apartamento explotando en múltiples fragmentos a la velocidad de un disparo de ametralladora. Una de las esquirlas se le incrustó en el ojo a Surany arrojándola al piso. Los segundos después del misil fueron de humo y silencio. Surany los recuerda eternos: Teíto, inconsciente con esquirlas en la cabeza, pierna y brazo; Johnny, con una herida en el vientre; Isaac, aún con los ojos abiertos, petrificado. Todos preguntaron si seguía vivo.
—¡Mama! ¡¿Pero quién nos hizo esto?! —gritó Surany.
La Invasión de Estados Unidos estremecía Colón.
El misil que atravesó su sala había sido disparado desde un Apache, el principal helicóptero de ataque del Ejército estadounidense. Ese mismo modelo serviría ocho meses después en la guerra del Golfo; en la de Kosovo, en 1998; en la de Afganistán, en 2001; y la de Irak, en 2003. Ahora es una de las aeronaves que utiliza Israel para ataques en Líbano y la Franja de Gaza, pero la primera vez que entró en acción fue en Panamá, el año que Surany perdió el ojo izquierdo producto de una esquirla.