Cuando me entierres recuerda que de mí una vez nació la tempestad del barrio y el grito de un cholo, que mis manos fueron tierra embarrada de ñame para hacer sopa en ollas comunes y que de mí surgió una sonrisa deshabitada en espera de estrellas, encantada del permanente llanto de mi madre. Cuando me entierres recuerda que tengo nombre.
Corina Rueda - Poetisa panameña
Argelia Paredes ya no llora. Siente que se burlaron de ella, dice, desde que sus hijos Ernesto y Eduardo fueron asesinados en La Invasión. Argelia Paredes dispara palabras como balas. Ya han pasado 29 años, dice. ¡Escriban y digan lo que se les dé la gana!
Ya no confía en nadie. Menos en el Estado. Hace un año la Cancillería quitó las placas de bronce de las tumbas de sus dos hijos. Ella pagó seiscientos dólares por esas placas de bronce para que lleven los nombres de Eduardo y de Ernesto. Ella pidió que debajo de esos nombres escribieran Ernesto Paredes, 10 de septiembre de 1967. Amado hijo y hermano. Eduardo Paredes, 15 de julio de 1972. Amado hijo y hermano.
Pero ya no están, y Argelia Paredes está enojada. Ahora le reclama a la Cancillería de Panamá por quitar de las dos tumbas del Jardín de Paz las placas de bronce. Pagadas con el ahorro de años de trabajo en fábricas de textiles, aseadora en hoteles, en las cocinas de restaurantes y camarones que conseguía para subsistir.
Y ya no están. La Cancillería puso placas nuevas en cada una de las tumbas, pero Argelia Paredes no quiere esas placas blancas de arcilla con los nombres y fechas equivocadas. Quiere sus placas de bronce de seiscientos dólares.
Argelia Paredes ya no llora. Siente que se burlaron de ella desde que sus hijos Ernesto y Eduardo fueron asesinados en La Invasión.
Está cabreada de la vida, y quién no. Mataron a sus únicos dos hijos y la dejaron sumida en el pasado. Argelia Paredes no tuvo más hijos, no tiene nietos, vive sola.
Tuve que hacer de tripas corazón para seguir, porque no podía quedarme sentada, dice. No tenía nada, nadie. Estaba sola.
Tenía 43 años cuando la vida la traicionó, Ernesto veintidós, Eduardo apenas diecisiete. El mayor de los hijos ya trabajaba, el menor estaba en la escuela. Era madre soltera.
A Argelia Paredes la envolvió la amargura en su casa de Parque Lefevre. A los hijos los mató el Ejército norteamericano cuando fueron a ayudar a heridos y a buscar comida; quedaron desangrados en un retén. Hoy ella siente que a nadie nunca le importó qué pasó con Ernesto y Eduardo. Que en la memoria panameña sus hijos son un insulto.
Y Argelia Paredes lo repite: Mis hijos no eran delincuentes. Estudiaban y trabajaban. Murieron llevando a un herido al hospital.
Discúlpeme, pero estoy enojada, dice. Cansada de tanta burla. De las entrevistas, de las preguntas. ¡Cansada de toda esta vaina!, dice.
Yo antes lloraba y sentía dolor, dice después. Hoy solo tengo ira. Una ira muy grande.
Argelia Paredes ya no tiene lágrimas. El dolor la secó y la amargura todavía la envuelve, densa y triste en su casa de Parque Lefevre, con una jubilación miserable de 300 dólares mensuales, sin indemnización, sin un perdón, esperando que le devuelvan sus placas de bronce de seiscientos dólares. Sola.