Fernando Castillo festejó con su familia. Es un abogado de saco y corbata que ronda los 45 años y vio La Invasión a los 17 desde el apartamento en el que vivía en punta Paitilla, donde los bombazos a El Chorrillo fueron como una película: el mar oscuro, un espejo de los destellos rojos y naranjas que lo fulminaban todo en nombre de la libertad. Al ver las explosiones en la negrura del horizonte, no pudo evitar sentir felicidad: Noriega era un monstruo y la operación estadounidense era la única forma de sacarlo del poder.
—En Paitilla todos mis vecinos se pusieron felices —dice Fernando una tarde de octubre desde su oficina en el piso diecinueve en Costa del Este.
Festejaban el final de la dictadura, después de ceder el país a una narcodictadura que se imponía a punta de fuerza y había provocado un caos. Si ya ni comida en los supermercados se encontraba.
—Muchos vecinos invitaron a los soldados a cenar en sus casas para navidad. Pavo, jamón, tamales, arroz con pollo, ensalada de remolacha, ron ponche.
Y aunque hasta abrieron las puertas de los invasores para que llamaran a sus mamás, papás, tías, amigos, para que les avisaran que estaban vivos y para que desearan felices fiestas, feliz fin de año, temían a cualquiera que no fuera del barrio: montaron una especie de retén para que no pasara nadie que no viviera allí. Por eso lograron ahuyentar con bala a unos atrevidos que intentaban saquear un supermercado. La banda sonora de las noches panameñas en los días posteriores a La Invasión fue intercambio de bala en la ciudad de Panamá.
En Altos del Golf, por ejemplo, otro barrio de clase alta donde vivía Cristina, una mujer de 50 años enamorada de las montañas que una tarde de noviembre, sentada en un cafetín céntrico dice:
—Yo escuché disparos durante toda la madrugada. No salí por varios días porque tenía mucho miedo de lo que podía pasar.
A diferencia de Paitilla, en este barrio no hay edificios, sino casas inmensas, de tres, cuatro pisos, con diseños clásicos y modernos, portales eléctricos, garitas de seguridad, patios inmensos. Pero allí vivía Noriega, así que en diciembre esa tranquilidad exclusiva y habitual fue raptada por la locura. Panameña con nacionalidad gringa, esa noche Cristina se sintió rescatada por una de sus patrias.
Antes de eso, Cristina se maquillaba para ir a una fiesta organizada por la Embajada de Estados Unidos en Panamá. De repente su esposo, un banquero, le dijo que mejor no iban a ningún lado. Que había rumores de que algo pasaría. Ella, molesta, se acostó a dormir. A las pocas horas, su esposo la despertó y le contó que Panamá estaba siendo invadido por los gringos. Llamaron a todos sus familiares y trancaron bien las puertas. Ella intentó volver a dormir, pero el sonido de los bombazos se lo impidió.
Descendiente de varios presidentes del país y con una madre estadounidense, Cristina tenía maneras de refugiarse del peligro. Recibió una llamada para que prepara sus cosas pues un helicóptero la iría a buscar para llevarla a la Zona del Canal. Pero se quedó en su casa.
—Estaba contenta porque la situación en el país ya no daba para más. Esto era un desastre, así que aplaudí la invasión, pero no salí a festejar. No salí porque tenía miedo.
Dice Cristina, jeans y chal, los ojos verdes rebotando al mirar a alrededor. La euforia fue barrial en Altos del Golf. Aquella cena de navidad la celebraron los vecinos comiendo junto con los soldados gringos. A la mañana siguiente, los niños corrieron por las calles a probar sus nuevos juguetes con los uniformados. Seguramente muchos de esos niños, al igual que Xavier, soltaron un thank you. Quizás, también como él, a algunos los veintinueve años que pasaron los encuentren parados en otro lugar.
*
La tarde avanzó el viernes 5 de octubre, Xavier contesta un chat en el segundo piso de su bar con las mejores hamburguesas del país, me pregunta si quiero tomar algo, deja el móvil a un costado y vuelve a recordar aquel día de diciembre en calle 50, cuando le gritó thank you a un soldado gringo.
—Apenas le dije eso a los gringos, mi tía Delia, que estaba al lado mío en el carro, se volteó y me dijo al oído que me iba a arrepentir toda la vida de lo que acababa de hacer. Y sabes que sí, me arrepentí. Lo pienso y me da una vergüenza horrible.
La frase de Delia era como un mantra puntual y rotundo. A sus quince años, unos tres años después de la operación Causa Justa, cuando un compañero de escuela le prestó el documental ‘The Panama deception’, el vaticinio de la tía terminó de hacerle sentido. Lo vio solo en su cuarto. A oscuras. Al final, lloró.
—La Invasión no fue lo que se vendió. Panamá perdió mucho con la agresión, principalmente la vida de cientos de panameños. Mataron mucha gente.